Kantunilkín.- Si el pueblo maya quiere seguir vivo, tiene que volver a meter las manos en la tierra. Así lo dijo Miguel Poot Kinil, director de Asuntos Indígenas en Lázaro Cárdenas, cuando habló de la siembra de traspatio. No es un taller más. Es la memoria que se entierra para que brote.

“Que los padres enseñen a los niños a sembrar, así se conservan nuestras tradiciones”, soltó Poot Kinil, sin rodeos. Porque aquí no hablamos de moda orgánica ni de huerto urbano para la foto. Hablamos de la _Úuchben Paak’alo’ob_, la siembra antigua, la que se hace cuando el _ka’amúuk_ manda, dos días después de la luna llena, para que el camote, la yuca, el _kúkutmacal_ y el _akimacal_ revienten grandes, como debe ser.

Esto no viene solo. Ya se hizo la lotería maya, ya se llevaron juegos lúdicos en lengua materna a las primarias y bachilleratos. Ahora tocó el turno al plantel del Conafe en la comunidad Santa Melva. Ahí, entre maestros, alumnos y padres, se sembró rábano, cilantro y tubérculos. Pero lo que de verdad se sembró fue la explicación: por qué se siembra en _ka’amúuk_, cuándo se cosecha, por qué el maya no olvida su milpa aunque le pongan cemento encima.

Poot Kinil lo dejó claro: la lengua y la siembra van juntas. Si se pierde una, la otra se seca. “Fue una tarde de aprendizaje”, dijo, “y así el conocimiento maya pasa a las nuevas generaciones”. Agradeció a los maestros del Conafe por abrir la puerta. Porque aquí no se pide permiso para existir. Se trabaja.

En Lázaro Cárdenas, donde los programas llegan tarde y los discursos llegan primero, sembrar en el patio de la casa es un acto político. Es decirle al sistema: nosotros seguimos hablando maya, seguimos sembrando como nos enseñaron los abuelos, seguimos jugando nuestra lotería.

Que no se les olvide: sin lengua no hay pueblo, sin siembra no hay raíz. Y sin raíz, cualquier viento nos lleva.

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